27 mayo 2026

El Radar

"Rastreando la noticia"

 La Revolución Verde de Santo Domingo Este

Por Milton Olivo

En Santo Domingo Este, Costa del Faro,  cuentan los viejos que una madrugada, cuando todavía el sol no había salido sobre las aguas del río Ozama, un niño llamado Elias caminaba entre calles buscando pedazos de metal y botellas plásticas para ayudar a su madre.

Mientras avanzaba, escuchaba el murmullo del río mezclado con el ruido de los motores y el canto distante de los gallos. A veces miraba hacia el Faro a Colón y se preguntaba cómo una tierra tan hermosa podía sentirse tan cansada.

Elías tenía apenas doce años, pero observaba la ciudad como quien escucha un corazón enfermo. Veía áreas vacias, donde debían existir jardines. Veía cañadas convertidas en heridas abiertas.

Veía jóvenes inteligentes perdiéndose en la desesperanza. Y veía también algo extraño: una ciudad enorme que parecía no darse cuenta de la riqueza que tenía entre las manos.

Porque Santo Domingo Este no era cualquier lugar. Tenía el abrazo del mar Caribe. Tenía el río Ozama atravesando su historia. Tenía puertos, avenidas, cuevas subterráneas, humedales, barrios llenos de creatividad, música y gente trabajadora.

Tenía el rumor de los taínos escondido entre los árboles de Los Tres Ojos y el eco de la historia caminando junto al Faro. Pero la ciudad estaba atrapada entre dos caminos. Uno llevaba hacia la resignación. El otro hacia la grandeza que lo impulsaba la administración municipal.

Y casi nadie parecía darse cuenta. Aquella mañana, mientras buscaba residuos reciclables, Elías encontró una pequeña semilla dentro de una funda plástica cubierta de lodo. No sabía por qué, pero decidió guardarla.

Ese mismo día conoció a Don Jacinto, un viejo jardinero que sembraba árboles cerca de una cañada.

—¿Por qué siembras aquí? —preguntó el muchacho—. La gente vuelve y tira basura mañana.

El anciano sonrió sin dejar de cavar. —Porque las ciudades también son personas, muchacho. Y las personas pueden despertar y entender la trascedencia y conveniencia de hacer las cosas bien. Y que la limpieza no es solo un compromiso del alcalde, sino de todos.

Aquella frase se quedó viviendo dentro de Elías. Desde entonces comenzó a mirar la basura de otra manera. Ya no veía desperdicios. Veía empleos. Veía industrias. Veía oportunidades. Comprendió que el plástico podía reciclarse. Que los residuos orgánicos podían convertirse en abono. Que los techos vacíos podían llenarse de tomates, ajíes y lechugas.

Que las cañadas podían transformarse en corredores ecológicos. Que los jóvenes podían ser emprendedores ambientales en lugar de víctimas del abandono. Y empezó a soñar. Soñó con una ciudad donde los niños aprendieran desde pequeños que tirar basura al suelo era como ensuciar la sala de su propia casa.

Soñó con barrios llenos de huertos urbanos en balcones y patios. Soñó con mujeres caminando seguras, sin miedo, en una ciudad donde la violencia contra ellas fuera considerada una vergüenza colectiva y no una noticia cotidiana.

Soñó con brigadas comunitarias sembrando árboles junto al Ozama. Soñó con turistas llegando no solo a hoteles, sino también a conocer la cultura barrial, la gastronomía local, los humedales y los secretos ecológicos escondidos entre la ciudad y el mar.

Soñó con miles de empleos naciendo del reciclaje y la bioeconomía. Y una noche entendió algo todavía más grande: La transformación de una ciudad no comienza en el gobierno. Comienza en la conciencia.

 Entonces Elías empezó a hablar. Primero habló con sus amigos. Después con vecinos. Luego con juntas de vecinos, iglesias y escuelas. Poco a poco la idea comenzó a crecer como aquella pequeña semilla encontrada entre la calle.

Los techos empezaron a ponerse verdes. los barrios comenzaron a organizar jornadas de reciclaje. Las personas comenzaron a separar residuos. Los jóvenes pintaron murales. Las mujeres organizaron redes comunitarias contra la violencia.

Y las cañadas, poco a poco, dejaron de ser ocupadas para construcciones, comprendiendo que son las venas de la ciudad, los canales naturales de desagües de  parecer basureros para empezar a parecer esperanza.

Muchos se burlaron. —Eso no cambiará nada —decían. Pero los pueblos cambian exactamente así: cuando alguien se atreve a imaginar lo que otros consideran imposible.

Pasaron los años. Y cuentan que una mañana, mientras el sol salía sobre el Ozama, Elías observó desde la Avenida España una ciudad diferente. Más limpia. Más verde. Más humana. Todavía imperfecta, sí. Pero despierta. Entonces recordó las palabras de Don Jacinto: «Las ciudades también son personas.»

Y comprendió finalmente que Santo Domingo Este, Costa del Faro,  había dejado de sobrevivir. Ahora estaba aprendiendo a  acompañar sus autoridades en la construcción de un brillante destino.

*El autor es escritor, novelista y humanista,  articulador de propuestas de desarrollo estratégico. Su visión integra producción nacional, tecnología, seguridad y economía circular como ejes para una República Dominicana más fuerte, independiente y soberana; una Quisqueya potencia.