2 julio 2026

El Radar

"Rastreando la noticia"

La ciudad que Descubrió que el Futuro Vivía en su Propia Casa

Por Milton Olivo

Había una vez un municipio grande, muy grande. Tan grande que era el más poblado de toda la República Dominicana.  Durante muchos años, la gente decía que aquel lugar tenía demasiados problemas para cambiar.

Las calles se llenaban de basura, había terrenos abandonados, espacios oscuros, jóvenes sin oportunidades y muchas personas pensaban que el desarrollo era responsabilidad exclusiva del gobierno.

Un día llegó un alcalde con una idea diferente.  En lugar de preguntar: «¿Qué puede hacer la Alcaldía por la ciudad?», comenzó a preguntar: «¿Qué podemos hacer todos juntos por nuestra ciudad?»

Al principio, algunos dudaron.  Pero poco a poco ocurrió algo extraordinario. Las familias comenzaron a sacar la basura de manera organizada.  Los vecinos cuidaban los parques recuperados como si fueran los jardines de sus propias casas. Los padres llevaron a sus hijos a los programas impulsados por la alcaldía, para aprender música, deportes, idiomas y arte.  Los jóvenes descubrieron nuevos talentos.

Los ciudadanos apoyaron los programas culturales, protegieron los espacios públicos recuperados y colaboraron con el personal que cada día trabajaba para mantener la ciudad limpia y segura.  Y entonces sucedió algo que durante años parecía imposible.

Aquello que antes ocupaba los titulares por la basura comenzó a ser reconocido por su organización, su limpieza y su capacidad para trabajar en equipo. La ciudad cambió. Pero no porque un alcalde tuviera una varita mágica.  Cambió porque miles de ciudadanos decidieron convertirse en protagonistas del cambio.

Entonces un anciano del pueblo reunió a varios niños y les dijo:

—Ahora que hemos aprendido que unidos podemos transformar nuestra ciudad, ¿por qué detenernos aquí?

Los niños lo miraron con curiosidad.  El anciano tomó una semilla de mango que alguien estaba a punto de tirar.

—¿Qué ven aquí?

—Una semilla —respondieron.

—No —contestó sonriendo—. Aquí hay un árbol, miles de frutos, sombra para una familia y alimento para muchas personas.

Luego levantó una botella de plástico.

—¿Y esto qué es?

—Basura. Respondieron los niños.

—No. Es materia prima para fabricar nuevos productos, crear empleos y generar riqueza.

Después señaló un solar abandonado.

—¿Qué ven?

—Un terreno vacío.

—Yo veo un huerto lleno de tomates, ajíes, lechugas, plátanos, plantas medicinales, niños aprendiendo y vecinos trabajando juntos.

Los muchachos comenzaron a comprender.

El anciano continuó:

—Las grandes transformaciones empiezan cuando dejamos de ver problemas y comenzamos a descubrir oportunidades.

Cada hogar puede convertirse en el primer centro de reciclaje de la ciudad, separando los residuos en solo dos fundas: una para los residuos orgánicos y otra para los materiales reciclables.

Cada emprendedor puede abrir un Centro de Acopio y convertir aquello que antes era basura en empleo, ingresos y desarrollo para su comunidad.

Cada familia puede sembrar las semillas de las frutas y vegetales que consume todos los días, convirtiendo patios, balcones y jardines en pequeños huertos productivos.

Cada terreno abandonado puede dejar de ser un símbolo de abandono para convertirse, con el apoyo de la Alcaldía y la participación de la comunidad, en un espacio de agricultura urbana, producción de alimentos, convivencia y esperanza.

El anciano hizo una pausa y preguntó:

—¿Saben cuál es la mayor riqueza de una ciudad?

Los niños comenzaron a mencionar edificios, carreteras, comercios y fábricas.

Él sonrió nuevamente.

—No. La mayor riqueza de una ciudad son sus ciudadanos cuando descubren que tienen el poder de construir el futuro.

Hoy Santo Domingo Este ya ha demostrado que sí puede cambiar. Lo ha demostrado con una ciudad más limpia.  Con espacios públicos recuperados.  Con programas deportivos, culturales y educativos que ofrecen nuevas oportunidades a miles de niños y jóvenes. Con ciudadanos que han decidido involucrarse y apoyar una gestión municipal que trabaja por el bienestar colectivo.

Ahora comienza una nueva etapa.  La etapa en la que cada hogar sea parte de la solución ambiental.  La etapa en la que surgirán cientos de emprendedores ambientales. La etapa en la que miles de semillas volverán a la tierra para producir nuevos alimentos. La etapa en la que los terrenos abandonados florecerán como huertos urbanos al servicio de la comunidad.

Porque el desarrollo de una ciudad nunca termina. Cada generación tiene la responsabilidad de llevarla un poco más lejos que la anterior. Y cuando, dentro de muchos años, nuestros hijos pregunten cómo Santo Domingo Este llegó a convertirse en uno de los municipios más admirados de la República Dominicana, la respuesta será sencilla:

Porque sus ciudadanos entendieron que el progreso no era tarea exclusiva de la Alcaldía. Era una misión compartida.

Porque descubrieron que una ciudad se construye cuando cada familia aporta su granito de arena; cuando cada vecino decide participar; cuando cada joven se convierte en ejemplo; cuando cada semilla sembrada representa esperanza; cuando cada material reciclado se transforma en oportunidad; y cuando cada espacio recuperado demuestra que el abandono puede convertirse en vida.

Recordemos siempre esta verdad: Las grandes ciudades no cambian únicamente por las decisiones de sus autoridades; cambian cuando sus ciudadanos deciden participar.

Y ese es el verdadero secreto del progreso de Santo Domingo Este: una comunidad que cree en sí misma y trabaja unida para construir un mejor futuro para todos.

El autor es escritor y activista social desarrollistas